Se reflexiona sobre el legado de Tati Almeida y la importancia de transmitirlo a las nuevas generaciones, especialmente en un contexto de gobierno negacionista.
Se advierte sobre el riesgo de un gobierno que aleja la democracia participativa y busca el olvido, pero se reafirma la memoria de los 30.000 desaparecidos como un pilar fundamental.
Se destaca la coherencia y resistencia de Tati Almeida como un ejemplo a seguir para construir un futuro donde no se repitan las atrocidades del pasado.