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China busca controlar la sucesión del Dalai Lama y el futuro del budismo tibetano

El Partido Comunista Chino busca controlar el budismo tibetano y designar al sucesor del Dalai Lama, actual figura espiritual de 91 años. Esta disputa geopolítica genera tensión, ya que China, oficialmente atea, pretende influir en la elección de la próxima reencarnación, lo que es visto como una vergüenza y una contradicción por eruditos budistas.

Se recuerda el precedente de 1995, cuando China secuestró al Panchen Lama elegido por el Dalai Lama y designó a un sustituto. Se anticipa un posible conflicto con dos sucesores tras la muerte del actual líder espiritual. China también aplica una estricta campaña de resignificación de la religión en el Tíbet, convirtiendo monasterios en centros de adoctrinamiento político y obligando a monjes a denunciar al Dalai Lama.

Además, se impone la educación en mandarín a niños tibetanos, erosionando su lengua e identidad cultural. A pesar de las negaciones de China, grupos de defensa y la ONU denuncian la sistemática represión en el Tíbet. La influencia de China se extiende a países vecinos budistas mediante inversiones y presión diplomática.

La diáspora tibetana se prepara para un posible interreño, implementando estrategias como la designación de una fundación para identificar al sucesor y buscando apoyo internacional. Se considera la posibilidad de que el próximo Dalai Lama nazca en Occidente, obteniendo ciudadanía y protección diplomática que Pekín no podría vulnerar fácilmente.

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