Se planteó la idea de que una política de Estado, como reducir drásticamente el sueldo de los políticos, podría ser una solución a la corrupción.
Sin embargo, se cuestionó quiénes accederían al poder si los salarios fueran muy bajos, sugiriendo que solo llegarían aquellos sin nada que perder o con intenciones de robar, ya que incluso un director de comunicación de una multinacional gana más que el presidente.
Se reflexionó sobre la descomposición del sistema y la falta de confianza generalizada, concluyendo que la gente no cree en las instituciones ni en las figuras de poder, lo que podría explicar fenómenos electorales recientes.