Islandia asumió el control de la base de Keflavik tras la retirada estadounidense, manteniendo un rol similar al de unas fuerzas armadas. El país continuó albergando maniobras militares de la OTAN, incluyendo la presencia temporal de cazas, y su Guardia Costera mantuvo sus funciones habituales, como el rescate marítimo.
A pesar de la ausencia de un ejército propio, Islandia demostró su capacidad para gestionar la seguridad en su territorio, participando activamente en ejercicios de la OTAN y manteniendo operaciones de rescate y vigilancia marítima.