Se compara el discurso de Javier Milei con el de un ayatolá, tildándolo de "teocracia" por basar su poder en fundamentos teológicos y considerar a quienes piensan diferente como inmorales.
Se expresa preocupación por una posible deriva autoritaria del presidente, dado el agotamiento de la "mala palabra" como válvula de escape y la radicalización de su discurso.
Se advierte que este tipo de discurso, al polarizar entre el bien y el mal, puede sentar las bases para acciones más drásticas.