Se cuestiona la diferencia salarial entre los legisladores (diputados y senadores) y el ciudadano común, a partir de las respuestas obtenidas en la calle sobre cuánto dinero se necesita para ser feliz.
Se menciona que los legisladores ganarían sumas considerablemente más altas, como seis millones y medio de pesos, lo que genera indignación y la sensación de que no representan adecuadamente al pueblo.
Se plantea la idea de que con el sueldo de un diputado se podría ser feliz, en contraste con las aspiraciones de la gente común.